Me prometieron el cielo en la nada
Creímos a fé ciega lo que anticipaban las pantallas: un mundo abierto, la simulación de vida y la fantasía de acumulación. Se nos prometió un hogar y una familia mientras jugábamos a tener un propósito. La generación del milenio fue quizá la primera en intuir la grieta: reducción de prestaciones, garantías diluyéndose casi sin ruido, escasez de empleos. En ese desplazamiento comenzaron a imaginar un futuro distinto al prometido: no un patrimonio que dejar a sus hijos, no algo fijo bajo su nombre, no paredes que los resguarden al envejecer. Las palabras vivienda y digna se pierden como sombras, y así, para la generación del centenario ya no hay duda. El pasar del tiempo ha convertido la especulación en un saber aterrador: al crecer no nos espera nada, no habrá jamás algo a lo que llamar propio-tuyo-nuestro. Cómo pensar en linaje si muy poco nos aleja de dormir sobre suelo frío. La aspiración a un patrimonio se ha convertido en un mito — proeza digna de héroes— alcanzado solo por aquellos que pisaron antes que nosotros. Con esta pieza, Sara Gándara nos habla de una sensible herida generacional: la contracción de las certezas que nos deja solo con una: Has llegado demasiado tarde y no hay esfuerzo que cambie eso. Esta casa nos habla de luto. La desesperanza de saber que, por más jornadas, dobles turnos, bonos y préstamos el anhelo de hogar permanecerá solo como eso. Estos muros de papel susurran que ya no hay resguardo, así débil se siente el Futuro La realidad ha replegado el espectro de los sueños: la casa ya no es meta sino fantasía, la crianza un acto egoísta, la renta sin compartir es una meta improbable. Los sueños se limitan como una esfera que encoje en silencio y la casa con jardín se ha vuelto un cuarto alquilado. ¿Hasta dónde llegan los nuevos sueños? un colchón y un frigor propios, servicios incluidos, “¡se aceptan mascotas!” Esta casa se tambalea y tiembla a la menor provocación; sus cimientos son confusos, ha enraizado como puede. Sus cuartos empalmados parecen laberintos, parecen el intento de edificar algo propio cuando apenas comenzábamos a soñar; los paneles se doblegan, parece que se rinden y ya no quieren sostener; los austeros muebles vienen y se van, ilusionan sus contornos — por fin algo nuestro— tenues y desorientados. Débil como esta casa es la posibilidad de alcanzarla.